sábado, 21 de agosto de 2010

Radio parque

Como ya comenté anteriormente en mi blog, me he pasado muchos años viviendo fuera de los núcleos de población, por tanto, apenas tenía vecinos y estos no estaban cerca de mi casa o no venían hasta que no empezaba el verano. Ahora, al regresar al barrio en el que me crié, he recordado lo que es tener vecinos.

Una no se puede bajar tranquilamente al parque sin que no sea sometida a un interrogatorio. Este verano, le he estado dando clases al hijo de mi amiga (un repaso del cole) y, de paso, tenía entretenida también a la niña con dibujos, actividades para niños de su edad, etc., pero querían bajar al parque, la madre estaba trabajando y me pidieron que los acompañara.

Ayer y antes de ayer bajé al parque con los niños. No puedo hablar con mujeres, porque todo el tiempo me fríen a preguntas a las que no me apetece contestar y cambio de tema. No puedo hablar con hombres, porque comienzan las preguntas sobre mi estado civil. Si estos hombres fueran jóvenes, a lo mejor les daba bola, pero como son jubilados, lo justo y necesario para no resultar descortés.

Ayer me encontré con una vecina que es la única persona que se mantiene al margen de todos los chismorreos, por eso, se sienta sola. Se sentó conmigo y me contó su viaje a Santiago de Compostela. Me pasé casi todo el rato hablando de su viaje con ella. Hablamos mucho de Galicia. Creo que en Alicante, cuando llega el verano, nos gusta hablar de dos cosas: el calor pegajoso que hace y lo bien que se está en Galicia que duermen hasta con manta por la noche.

Por supuesto que hago mi vida, no estoy pendiente de los comentarios de alrededor, muchas veces no escucho ni a mi madre, porque si prestara atención a todo, me volvería loca en unos días.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Las verdes praderas

El título de esta entrada se corresponde al de una película española protagonizada por Alfredo Landa y que hace poco he tenido la ocasión de ver.

En la película se narra el fin de semana de una familia de clase media de Madrid. Yo creo que está ambientada a principios de los 80.

Me ha gustado, porque me ha recordado a muchos de los momentos de mi infancia y mi adolescencia. Mis padres, al igual que les pasa al personaje de Alfredo Landa y a su mujer, también pertenecieron a esa clase media de finales de los 70 y primeros de los 80 que gozaban de una posición cómoda fruto del esfuerzo personal. Así, al igual que en la película, los fines de semana nos íbamos a una parcela que tuvimos primero en el campo y, posteriormente, un bungalow en los Arenales del Sol.

Lo cierto es, que al igual que en la película, nadie disfrutaba de esos momentos en la naturaleza o alejados del bullicio de la ciudad: mi padre porque aún así, tenía que salir escopetado para el aeropuerto todos los fines de semana; mi madre porque se pasaba el rato haciendo maletas, deshaciéndolas, volviéndolas a hacer, cocinando y limpiando la casa y cuidando las plantas y nosotras, por lo general, aburridas como una mona, ya que tanto en el campo como en la playa, fuera de la época estival, no había ni un solo niño con el que jugar. Nos poníamos muy pesadas para que nuestros padres nos dejaran invitar a alguna amiga o a alguna de mis primas.

Cuando crecimos un poco, esta situación empeoró, ya que cuando tienes 15 años, te apetece mucho estar con tu grupo de amistades. Recuerdo que odiaba ir a la casa de la playa, porque me desconectaba de mis amistades durante tres meses y apenas me daban permiso para coger el autobús e ir a Alicante a pasar la tarde. Hasta los 16 años, no empecé a aceptar la playa para pasar el verano. Fue mi primer verano de trabajo y lo hice por no estar aburrida. Gracias al trabajo, hice mis primeras amistades de verano.

El tiempo pasó, conocí a mi exmarido y me fui a vivir con él enseguida. Las primeras semanas vivimos en la ciudad, pero pronto, por razones de trabajo, nos fuimos a vivir al campo. Yo tenía que ir a trabajar a la ciudad, mientras él se quedaba en la finca trabajando. Todos los días, coche para arriba, coche para abajo. Es cierto que, al no tener hijos, disponía de más tiempo libre y de vez en cuando, me salía a buscarlo para hablar con él y ayudarlo en algo. Más bien era por hacernos compañía. Aunque no me gustaba la vida en el campo, acabé acostumbrándome a ella.

El sueño de mi exmarido era vivir en un chalet en el campo. Sin embargo, cuando hablábamos de esos temas, le recordaba las innumerables ventajas de la vida en la ciudad: supermercados a los que vas andando, médicos cerca, paradas de autobús cerca, ir a trabajar en autobús, vida en el barrio, ahorro en gastos... Pero es mejor vivir en un chalet o en un bungalow en una urbanización de las afueras. A mí no me parecía mejor, yo sólo miraba los ingresos y los gastos y las cuentas no me cuadraban.

Es cierto que cuando me divorcié y viví sola, elegí quedarme en Arenales viviendo. Los dos últimos años de matrimonio vivimos allí y se constató lo que yo decía con respecto a los gastos y a los ritmos de vida. Prácticamente, sólo dormíamos en la casa de lunes a viernes y los sábados por la mañana, me perdía yendo de compras, a la peluquería, etc. Tan sólo nos quedaba el domingo y si yo me emperraba en no salir a casa ni de padres ni de otros familiares.

Siempre me gustó la ciudad, en concreto, una como Alicante, que no es grande. Vivo cerca de la estación y como me han llamado de un curso en Elche, voy y vengo cómodamente en el tren por 61 € mensuales. Por 7€ y pico, tengo 10 viajes de bono-bus, por tanto, puedo ir y volver de San Vicente, haciendo transbordo (por el precio de un viaje, subo en dos autobuses). Si me pongo enferma, puedo irme al médico andando y si tengo que salir dos veces a comprar porque se me ha olvidado algo, en un santiamén llego andando al supermercado. Tengo cuatro peluquerías en la zona, una esteticién y dos farmacias.

Como gasto menos tiempo en hacer las cosas, tengo más tiempo para perderme por el campo si me apetece.

sábado, 24 de julio de 2010

El hombre que vino del pasado

Hace cuatro años, más o menos, cuando hacía cola en un supermercado del barrio de mis padres, me saludó un hombre con el que "estuve" de los 16 a los 18 años. Hacía 12 años que no nos hablábamos. Dejó de verme, empezó a salir con una chica, luego cortó con ella, conoció a la que es hoy su mujer y se casó con ella.

Nunca se fue del barrio, pero yo no quería coincidir con él, porque me llegué a enamorar y en dos ocasiones, le pedí que saliéramos juntos, a lo que se negó en rotundo.

Cuando nos vimos en la cola del supermercado, me estuvo contando todo lo que le había pasado en los últimos años: dos enfermedades graves y dos hijos. Yo lo escuché, pero no tenía ganas de hablar con él. Yo estaba casada y aún no habían empezado los problemas serios en mi matrimonio. Hablar con él, me pareció algo absurdo, pero entendí entre líneas lo que se le avecinaba a este hombre, aunque aún no había empezado a pasar.

Cuando me divorcié, me lo empecé a cruzar más a menudo. En esos momentos, no quise comentarle nada y me limitaba a saludarlo con la mano desde la acera de enfrente. Un día le conté lo que me había pasado y como en su discurso estaba lo de "no has sido madre, se te va a pasar el arroz", lo cambió en ese momento y me contestó "mejor que no hayas tenido hijos, así no hay daños colaterales".

Este verano, estoy bajando al parque algunos días con los hijos de mi amiga. Él baja al parque con sus hijos y, a veces, coincidimos. Nos pegamos unas "charradas" que en la vida. No puedo evitar sentir que mil ojos nos observan en el barrio. Tiene problemas y muchos.

Lo que más me ha llamado la atención es lo que ha cambiado en todo este tiempo. En esencia, sigue siendo la misma persona, pero cumplir años, sus enfermedades, casarse y tener hijos ha hecho que ahora pueda andar al mismo nivel que yo y contándome cosas por el camino. En esos momentos, aunque disfruto de su compañía porque puedo hablar con total confianza, siento que nos taladran con la mirada.

Llevo unos días que, por diferentes circunstancias y por no encontrármelo, no he bajado al parque.

martes, 29 de junio de 2010

Contestación a Kelevra por su entrada "¿Y ahora qué?"

Querido Kelevra:


Sé que tan sólo nos conocemos por lo que cada uno escribe en su blog, pero me gusta tu forma de escribir y quería contestar a tu penúltima entrada a través de mi blog. Espero no ofenderte, ya que tan sólo pretendo expresar mi opinión.



Cito de tu blog "si una persona en la treintena... está sin pareja, es por algo". Pues sí, yo creo que tienes razón. Yo dejé de estar en pareja cuando tenía 32 años recién cumplidos, llevaba casi 11 años conviviendo con mi pareja, pero realmente, nunca funcionó y sólo lo admití cuando me decidí a dar el paso para dejarlo (ahí está mi parte de responsabilidad). Dejé a mi marido porque él no contaba conmigo para absolutamente nada, por tanto, para estar pintando monas en su vida, decidí que era mejor que yo siguiera mi camino por separado.

Como comentas, me siento "clienta parcialmente insatisfecha": no tengo el listón alto, sólo que no escucho al vendedor, porque el producto lo tengo de sobra conocido. Por seguir usando estos términos, digamos que compro varios productos perecederos, porque no me compensa adquirir uno de larga duración, aunque suene frívolo.

Con respecto a los "potenciales": los hombres sois más complicados de lo que vosotros mismos creéis. Llevo ya tiempo diciendo que no es lo mismo ser simple que tener capacidad de simplificación. Personalmente, yo creo que soy más simple que algunos hombres con los que me he tropezado por accidente.

Yo también me he ido encontrando con de todo, pero con más abanico que tú, yo no sé si es por mi edad o porque soy mujer o por las dos circunstancias. Mi segmento en esta época se ha movido desde los 22 hasta los 50 y algo. Realmente, para mí, lo más interesante se mueve entre los 32 y los 37.

Dentro de los treintañeros, los tipos han sido variados: solteros empedernidos con miedo al compromiso (aunque yo no lo buscara, sí lo he detectado); divorciados poniendo parches y perdiendo el tiempo con varias mujeres (en realidad, o siguen enamorados de sus ex o están enamorándose de otra mujer que no soy yo y con la que no hay manera de que puedan estar porque no tienen paciencia); divorciados con hijos que sí que saben separar diversión de responsabilidad (estos me encantan a mí y son pocos); casados con problemas (estos son más peligrosos que las casadas con problemas); casados aburridos (son aburridos, no sólo están aburridos) y, por último, algo muy extraño a estas alturas, no es malo, sólo que no es común: el soltero virgen que quiere comprometerse y del que tú tienes dudas sobre su sexualidad y sus auténticas intenciones contigo.

Además, yo tengo un pequeño inconveniente, en realidad, para mí no lo es tanto, pero para muchos hombres sí: estoy gorda. No tengo problemas para conseguir lo que quiero, pero no tengo ganas de ponerle demasiado empeño, porque siempre habrá otro que me lo ponga más fácil.

Con todo, tanto con el pasado como con el presente, he terminado un ciclo formativo de grado superior este año y he pedido acceso en la universidad, ya que me parece más interesante invertir mi tiempo en algo así que estar conociendo a una persona con fines sentimentales.




Siempre veo a alguien que me gusta, pero lo dejo a un lado, porque no quiero o no siempre gusto. Además, sabes que estoy en el paro y como no me mantenga... yo no puedo aportar nada más que a mí misma en la relación y son muy pocos los que se pueden permitir algo así.

Saludos.

lunes, 31 de mayo de 2010

Volando cometas

He tenido un buen fin de semana, sobre todo el domingo.

Ayer me fui a la playa con mi amiga y sus hijos. Como este año no tenía casi dinero para hacer regalos de cumpleaños a los chiquillos, les regalé una cometa a cada uno, que es de lo más barato que encontré en la juguetería.

Ni la madre ni los niños habían ido nunca a volar una cometa. Yo no soy una experta, pero sí que he volado cometas con mi padre en la montaña, cuando íbamos de camping.

Llegamos a la playa sobre las seis, que es buena hora, porque el viento aún sopla con la suficiente fuerza. Mi amiga estaba preocupada, porque ella no lo había hecho esto antes y para su sorpresa, conforme terminamos de montar las cometas, salieron volando. Los chiquillos estaban emocionados.

Lo pasamos bien ayer por la tarde y cogimos un poco de color a pesar de llevar algo de protector puesto. Estuvimos en la playa hasta las nueve menos algo.

Como el mar tenía muy buena pinta ya, quizás vayamos a la playa el fin de semana que viene, para darnos el primer chapuzón de este verano.
Echo de menos Arenales.

sábado, 29 de mayo de 2010

Cuando vuelves a vivir con tu familia

Cuando regresé a casa de mis padres, temía no llevarme bien con mi madre. Además, ya estaba en marcha el asunto de mis padres y no tenía ganas de estar en el ojo del huracán. Ya tenía bastante con lo que mi hermana me contaba.

He intentado ser prudente con mis padres en casi todas las situaciones, pero a veces, no he podido contenerme y soltar lo que pensaba, sobre todo, a mi padre. La última pelea fuerte que tuve con mi padre fue a los 14 años y yo le pedí que no lo repitiéramos más. Así fue hasta que me divorcié, que tuvimos una discusión fuerte al poco tiempo y las últimas semanas de convivencia familiar han sido con altibajos en ese aspecto. Los últimos días que pasó él viviendo con nosotras intenté evitar cualquier conflicto que me provocara tristeza.

Sí echo de menos a mi padre viviendo aquí, pero tampoco se ha muerto, podré verlo cuando me apetezca y esté en Alicante. También siento que he perdido confianza en él. Un hombre no es lo mismo cuando simplemente es un hombre que cuando es tu padre, sobre todo, cuando siempre se ha portado bien contigo.

Vivir con mi familia ha sido bueno, porque yo no sabía que me hiciera falta compañía. También he descubierto que las tareas del hogar siempre están hechas, porque nadie se escaquea de hacerlas. Mi madre nos organiza un poco en ese aspecto, aunque nosotras sabemos perfectamente lo que hay que hacer.

Yo me estoy encargando de salir a comprar y hacer recados fuera de la casa, aunque también ayudo a mi hermana a limpiar la casa, miro si hay que poner alguna lavadora, pliego o plancho ropa y, alguna vez, he preparado la comida. Se me había olvidado lo bien organizada que estaba mi familia en cuanto a tareas del hogar se refiere; también he recordado lo que es tener un libro de recetas elaborado por ti misma; preparar determinadas comidas ha sido más fácil siguiendo la libreta de las recetas.

En cuanto a la libertad, sí tengo y mucha. Al principio de divorciarme, mi madre no aprobaba determinados comportamientos, pero lo cierto es que luego ella misma se dio cuenta de que cada uno necesita hacer su propia vida a su manera. Nadie puede imponerle a nadie nada, salvo lo que esté por ley. Cuando regresé a casa, hablé con ella y le expliqué el tipo de vida que estaba llevando. Ella dice que como no me meto en problemas, lo ve bien y a pesar de decirme al principio lo típico de "ya encontrarás a alguien mejor", ahora ha entendido que para estar bien no te hace falta nadie, sólo ser tú misma. Al final, acabó por respetar mi actitud hacia el sexo igual que yo respeto su manera de ver la vida.

Yo creo que vivir de nuevo aquí es lo mejor que me está pasando desde hace 4 años.

lunes, 10 de mayo de 2010

Dos divorcios, un bautizo y un funeral

Desde octubre de 2008, en mi vida familiar ha habido los cuatro acontecimientos del título de la entrada: dos divorcios, un bautizo y un funeral.




Primeramente, mi divorcio, lo cierto es que bastante tranquilo y pacífico, pero muy esperado por toda la familia y algunas amistades. Todos respetaban que siguiera casada, pero nadie quería que siguiéramos juntos.




Segundo, el bautizo de mi última sobrina. Un gran acontecimiento familiar, pero no tan grande como nos tenían acostumbrados mi prima y su marido. Me halagó profundamente el ofrecimiento de ser la madrina de mi última sobrina. Se llama Susana y le gusto mucho. Normalmente, no hago reír a los bebés, pero ella sí se ríe conmigo.




Tercero, la muerte de mi tía-abuela. Con ella, se ha ido la última persona que quedaba de la niñez de mi padre. Para él llega en un momento doloroso.




Por último, el divorcio de mis padres que me tiene en tensión desde que empezó. Me mantuve desde el principio a un lado de los comentarios familiares. Siempre he sostenido que mi padre y mi madre son buenas personas, tanto juntos como por separado. Yo no veo sólo a un hombre y a una mujer, sino a mis padres. No me gustan ni los secretos ni las mentiras, por tanto, aunque todo esto sea un proceso doloroso, es mejor que cada uno se descubra a sí mismo, que estar viviendo toda una vida de autoengaño. Tampoco soy amiga de vivir de cara a la galería ni de las apariencias. Si algo es verdad y es así, cuanto antes se reconozca y se asimile, mejor.



Un amigo mío, divorciado, dice que los hijos sufren menos cuando los padres se divorcian siendo mayores. No tiene razón. Yo veo el sufrimiento de ambos, también sé que ahora les espera ver la realidad de otra manera, pues no sé por qué, el mundo es distinto cuando ya no estás en pareja.



Es curioso que mi padre nos trate de nuevo como si fuéramos niñas pequeñas. Ante eso, lo único que yo hago es recordarle que no lo somos y hacer lo que yo creo oportuno, sí lo escucho, pero le recuerdo que yo ya sé elegir. Me da mucha lástima mi padre, me he dado cuenta de que nunca ha sido una persona feliz. Me preocupa cómo encare la soledad. Puedo ver llorar a mi madre, pero se me encogió el corazón cuando vi llorar a mi padre. Quizás sea porque sólo lo he visto llorar dos veces en toda mi vida o por las circunstancias que pasa. A veces, me gustaría ser un hombre para saber qué hacer o decir, porque no se me ocurre nada.



Mi madre me trata como si fuera una amiga con la que toma café... y yo le digo que busque sus propias amistades, pues no me apetece saber tanto de su vida. Entiendo su sufrimiento. No me gusta cuando se cuelga medallas, porque tampoco es tan perfecta como ella cree.


Por lo menos, ahora son auténticos los dos.


Tengo ganas de que todo esto acabe y de estar tranquila.